¿Un nuevo Plan Marshall?

Joaquín Asensio
Economista
Ex Subdirector General en el Puerto de Barcelona

Después de un periodo de casi total desaparición de la actividad económica, debido a las medidas adoptadas para combatir la pandemia del Covid-19, donde el objetivo ha sido salvar vidas, se han iniciado las fases de desconfinamiento de la población. Se emprende un periodo en el que se intenta mantener monitorizada la pandemia, evitando que se supere un determinado umbral de contagios y, al mismo tiempo, comenzar a reactivar la economía eliminando gradualmente las restricciones al movimiento de las personas.

Sobre la evolución de la crisis sanitaria, seguimos teniendo todavía muchas incertidumbres. Cada vez se tiene un mejor conocimiento del virus, pero cuando escuchas a los expertos epidemiólogos te das cuenta que todavía queda mucho por saber. Existen aún muchas incógnitas sobre el virus: no se sabe si efectivamente las personas contagiadas desarrollan posteriormente la inmunidad y, en su caso, el tiempo en que se prolongará ésta; se desconoce si pueden surgir nuevos brotes; si el calor del verano contribuirá al descenso de los contagios; si se dispondrá de una vacuna en poco tiempo, y muchas cosas más. Estas incertidumbres impiden vislumbrar cuando se volverá a una situación de “normalidad”, me refiero a una situación en que se hayan suprimido todas las restricciones a la actividad económica y al libre movimiento de personas. Los gobiernos, ante esta inseguridad, son prudentes y cuando anuncian las medidas de desconfinamiento, fases y fechas orientativas, indican que, ante cualquier perspectiva de evolución desfavorable de la pandemia, se pueden volver a limitar determinadas actividades o restablecer de nuevo el confinamiento total.

Estas incertidumbres, en el campo de salud y del control de la pandemia, afectan a las también inciertas previsiones macroeconómicas. Las distintas instituciones que las elaboran (FMI, BCE, gobiernos, etc.) siempre lo hacen bajo la hipótesis de que las restricciones a la actividad económica acaben en un momento determinado. Cuando redacto este artículo, la previsión más reciente sobre la evolución de la economía española, ha sido la presentada, en los primeros días del mes de mayo, por la vicepresidenta económica del gobierno, Nadia Calviño. La vicepresidenta indica que se prevé para el 2020 un desplome del PIB español del 9,2% y un incremento del paro hasta el 19%. Estas previsiones las sustenta en una reducción del consumo privado en un 8,8%, de la inversión en un 25,5% y de las exportaciones en un 27,1%. Como resultado de esta evolución, el déficit público se situará a finales del 2020 en el 10,3% y la deuda pública pasará del 95,5% del PIB, que representaba en 2019, a un 115,5% del PIB en 2020. Con relación a la evolución de la economía en el 2021, la vicepresidenta es más optimista y estima que se producirá una mejora notable del PIB del 6,8%, en lo que denomina una recuperación en “V asimétrica”. Se pone de manifiesto que esta caída de actividad de la economía española será la más importante desde la Guerra Civil.

En el marco de la economía europea, las últimas previsiones del BCE dibujan un panorama muy similar, anunciando un hundimiento de la economía de la eurozona entre un 5% y un 12%. Los organismos, como el BCE o el gobierno, están obligados a dar previsiones sobre la evolución de la economía, pero en mi opinión, todavía es muy prematuro conocer los efectos reales de la crisis económica, en cualquier caso, algunos ya firmaríamos para que fueran las presentadas por la vicepresidenta económica y se produjera esa recuperación esperada en el 2021. La experiencia de estas últimas semanas es que cada previsión que aparece suele ser peor que la precedente.

Ante este panorama económico tan negativo cabe plantearse: ¿cómo se va a salir de la crisis?, ¿qué se debe hacer? Sin riesgo de equivocarme, les puedo afirmar que, a diferencia de otros países que llevan muchos años gestionando mejor su economía y sus presupuestos públicos, España no tiene capacidad de salir de la crisis en solitario. Va a necesitar el apoyo solidario de Europa, como en anteriores ocasiones. Será necesario establecer un plan económico específico de recuperación para la economía española, en el marco de un plan europeo global de financiación. Este plan de financiación estará dirigido fundamentalmente hacia los países del Sur, especialmente Italia y España, pero posiblemente también Francia. También, se deberán contemplar ayudas financieras para el resto de países de esta zona geográfica, como Grecia y Portugal, que han sido menos golpeados por la pandemia o la han gestionado hasta ahora mejor, pero que padecerán de forma indirecta los efectos económicos derivados de la caída de la demanda. En ambos países la dependencia de la industria del turismo y del ocio, fuertemente golpeadas por los efectos de la pandemia, es equiparable a la de España.

Las medidas financieras que deben incluirse en este plan, llevan varias semanas de debate en las sesiones del Consejo Europeo, sin un acuerdo definitivo. Hay posiciones opuestas entre los llamados países del Norte (Alemania, Países Bajos, Austria y Finlandia) y los países del Sur (Italia, España y Francia). En este debate ha habido aproximaciones, pero las “líneas rojas” están claramente marcadas. Los países del Norte se resisten a mutualizar la deuda mediante eurobonos u otros instrumentos análogos, y prefieren que la ayuda hacia los países del Sur se instrumente mediante deuda (MEDE u otros análogos), con determinadas condiciones a cumplir por los gobiernos de los países receptores. Como es lógico, el planteamiento de los países del Sur, receptores de la ayuda, es el contrario, solicitan que la mayor parte de la ayuda sea a fondo perdido e incondicional.

El posicionamiento de partida de los dos bloques de países, aparte de otras motivaciones sociológicas, culturales, históricas y electorales, viene motivada por la diferente situación financiera en que se encuentran para afrontar los efectos de la pandemia. La media de deuda pública de los países de la UE está alrededor del 85% del PIB, pero existen amplias diferencias: en Grecia es del 177%, Italia del 135%, Portugal del 118%, Francia del 98% y en España del 96%; por el contrario, en los Países Bajos es del 49%, Finlandia del 59% y en Alemania del 60%. Además, tanto como el volumen, es importante la evolución reciente de esta deuda. Mientras que en el primer bloque de países se ha incrementado [1], debido a los continuos déficits públicos acumulados, en el segundo bloque se ha reducido, mediante superávits en los presupuestos públicos. Los países del Norte ponen de manifiesto, en sus razones para no movilizar más ayuda, la famosa fábula de “la cigarra y la hormiga”: hay que ahorrar durante el buen tiempo para cuando llega el malo.

Debido a la grave situación económica que puede significar el no alcanzar un acuerdo, no solo para los países del Sur sino para el conjunto de Europa, tengo la esperanza de que se llegará definitivamente a un pacto. Pero la dificultad de alcanzar este compromiso se debe a que todos tienen razón. A los países del Sur se les achaca el despilfarro de la ingente cantidad de los fondos europeos recibidos con anterioridad. Esto no se puede negar si se reflexiona, aunque sea sucintamente, sobre la política de infraestructuras que han asumido los últimos gobiernos, cómo se han utilizado los fondos de formación europeos y, sobre todo, los abundantes casos de corrupción que han surgido vinculados a la utilización de estos fondos. También se les reprocha la ausencia, por parte de los gobiernos, de un compromiso real de hacer reformas estructurales, la utilización de dinero público con fines electoralistas, haber desaprovechado las épocas de bonanza económica para mejorar las cuentas públicas, la baja presión fiscal en comparación con la de los países del Norte y la existencia de amplias bolsas de fraude. En su defensa, los países del Sur afirman que la crisis del coronavirus es sobrevenida de forma excepcional, no son responsables, y que una catástrofe como ésta debe de atajarse de forma solidaria. Por otro lado, se justifican en que la anterior crisis fue muy dura y no ha sido posible reponerse totalmente de sus efectos y que, además, se debe considerar que una debacle económica en estos países repercutirá también en las empresas de los países del Norte que tendrían dificultades para colocar sus productos. En resumen: no acudir en ayuda de los países que la necesitan, sería, en definitiva, acabar con el proyecto europeo.

Es prioritario y urgente, para poder solventar la crisis económica, consensuar con Europa los montantes financieros que van a estar a disposición de los países que los necesiten, como se van a instrumentar esto fondos (que parte en deuda y que parte subvenciones) y las condiciones que se imponen desde Europa para su obtención. De nada servirá cualquier plan que diseñe el Gobierno español para la reconstrucción económica si no tienen financiación. No se debe olvidar que sin la solidaridad del resto de países europeos esta crisis tendrá para España sus peores consecuencias. También, hay que advertir, que quizás no se presenten en el futuro terceras posibilidades: ahora, más que nunca, se deben hacer bien las cosas, hay que hacer un buen plan y ejecutarlo correctamente. De lo contrario, podemos tener el mismo fin que la “cigarra” de la fábula.

En mi opinión el plan que hay que ejecutar no debe ser para volver a la situación anterior de la crisis sanitaria y reproducir los errores del pasado. El plan que debe diseñar el gobierno debe basarse en un cambio del modelo de desarrollo y crecimiento económico. Este cambio de modelo debe estar centrado en cuatro ejes fundamentales: la cohesión social, la digitalización del país, el crecimiento sostenible y una efectiva política industrial. Mis reflexiones sobre la el desarrollo de estos ejes lo dejo para nuevos artículos que estoy preparando.

En cuanto al plan financiero europeo para la reconstrucción económica, se ha denominado en la prensa como “Nuevo Plan Marshal”, pero solo porque se espera que sea de una magnitud considerable. Hay que tener en cuenta que no tendrá nada que ver con el plan que se estableció al final de la Segunda Guerra Mundial, la situación actual de Europa no es comparable. La aplicación de estos fondos en España deberá realizarse bajo un plan económico que deberá presentar el Gobierno español a las instituciones europeas. En el despliegue del plan será relevante el nivel de intervención que tendrán los funcionarios europeos, los denominados vulgarmente “hombres de negro”. Si les digo la verdad, me cuesta decidir que es lo que más nos conviene: que el citado plan pueda ser dirigido por funcionarios europeos competentes y poco sensibles con la realidad país, o por políticos españoles sensibles con la realidad país, pero del todo incompetentes; en el supuesto de que éstas sean las únicas alternativas de elección. Ustedes sabrán. En definitiva, quien gobierna, lo hace con nuestros votos.


[1] Es una tendencia general pero no es aplicable a todos los países, Grecia y Portugal han tenido superávit en sus cuentas públicas el último año.