La nueva normalidad para tiempos inéditos

Rafa Martín
Exconsultor en Aprendizaje

Este coronavirus es muy peligroso, porque se propaga fácilmente, incluso a través de personas que no tienen ningún síntoma visible. Porque hospitaliza a cerca del 5% de las personas infectadas de las que un 30% acabará en la UCI y ha colapsado nuestros políticamente descuidados sistemas de sanidad. Porque entre el 0,6 y el 1,4% de las personas que contraigan el virus mueren. Pero la genética y la vinculación con otras patologías previas o el sexo tienen que explicarnos todavía muchas cosas, porque hay quienes ni se enteran de la enfermedad mientras otros van directos a la UCI, porque hay jóvenes que caen y ancianos que superan con éxito el contagio.

Este virus ha sido letal también para la economía, especialmente para la de los más pobres y los más jóvenes. El confinamiento va a dejar a muchos en la cuneta de la miseria ante, probablemente, la mayor crisis de la historia que ha provocado nuestra generación. Para nada va a ser una recuperación fácil para los más pequeños del sistema o para los más desprotegidos. Demasiadas víctimas colaterales.

Los líderes mundiales, nuestros políticos, más pendientes de su posición de poder y privilegio social, han mantenido una actitud entre titubeante y negligente, se olvidaron del principio de precaución, no protegieron a los más débiles y reaccionaron tarde y mal cuando ya se veía que el virus trascendía fronteras y acabaría extendiéndose por todo el planeta. Tampoco han perdido oportunidad para seguir en la bronca y el desencuentro, y los más oportunistas, no van a dejar escapar la ocasión para barrer hacia sus particulares e irresponsables intereses. Es lo que hay, y lo peor es que estamos en sus manos.

Pocos saben con certeza cómo será el nuevo mundo después del coronavirus, pero casi todos sospechamos que para nada será igual que el que conocíamos. Este puñetero virus amaga con muchas consecuencias inesperadas, enmascaradas ahora por las urgentes que se concentran en salvar vidas y detener una propagación inexorable que nos dejará como permanentes muchas de las medidas de distanciamiento o autoprotección, al menos por mucho tiempo.

Pero hay más consecuencias que ya se intuyen, cómo el aumento del odio y el miedo, que ya venían creciendo últimamente. Los políticos más irresponsables no han dudado en agitarlos y ambos son más contagiosos que el mismo coronavirus. Tampoco escaparemos a las teorías conspiranóicas y tópicos raciales, aunque sobre la de que el virus ha diseñado en un laboratorio, algo más que plausible, dudo que algún día sepamos la verdad. La manipulación es una vieja herramienta para extender el odio, el miedo y tapar incompetencias, desatinos e intereses ocultos, y promete crecer exponencialmente en el futuro.

Los políticos con tendencias más autoritarias y localistas ya están aprovechando la coyuntura para extender un control más férreo sobre la población y sus fronteras. El Gobierno chino ha sido pionero en desplegar un ejército de cámaras inteligentes con reconocimiento facial integrado. Pero en la Estación Sur de Madrid, las que hay instaladas pueden reconocer 50 millones de imágenes por segundo. Los drones controlan carreteras y accesos o grupos que no respetan la distancia de seguridad. Los móviles rastrean nuestros movimientos por GPS y muchos gobiernos quieren monitorizar nuestra situación médica, temperatura, tos, ritmo cardiaco…

En paralelo se desarrollan algoritmos cada día más sofisticados para rastrear, vigilar y manipular a las personas. Si los gobiernos y empresas empiezan a recopilar datos biométricos masivamente, dispondrán de información mucho más allá de los datos de salud. Nuestras emociones y sentimientos también son identificables por este tipo de sensores, y ya tienen nuestras preferencias, gustos y relaciones en Google, Faceboock, Amazon y demás gigantes tecnológicos. Dispuestos a ceder intimidad por salud, veremos cómo las medidas de vigilancia para un estado de emergencia se perpetuarán desaparecido éste. Y se potenciarán seguro si el autoritarismo, cómo parece, gana terreno. No dudes que compañías de seguros, bancos y demás aprovecharán estos datos.

Otra de las consecuencias que parecen claras es el frenazo a la globalización. Muchos países desarrollados se han visto impotentes para suministrar mascarillas, guantes o respiradores porque la deslocalización dejó sin fábricas a nuestro mundo occidental. Ahora hemos podido palpar hasta qué punto puede ser peligroso depender de que otros lo fabriquen todo y las ventajas de la proximidad.

La globalización ha supuesto también un sistema más que eficiente para transportar el virus de una punta a otra del planeta en unas pocas horas. Nuestro mundo globalizado tiene mucho que ver con un continuo y masivo flujo de aviones, barcos y trenes que mueven personas, productos y materias primas de un lugar a otro del planeta, además de contaminar por un tubo. La limitación del turismo o nuevas normas para el transporte de mercancías parecen tendencias que conjugan bien con el miedo y la necesidad.

Las tendencias autoritarias y nacionalistas aprovecharan también esta amenaza de la globalización para instaurar la desconfianza, marcar fronteras y regresar a modelos más locales y arbitrarios del pasado. Sin embargo, problemas cómo el modelo de alimentación, las pandemias, el cambio climático o la crisis económico social en la que nos estamos enredando solo pueden afrontarse desde una perspectiva global, desde una cooperación internacional efectiva, muy lejos de la efectista actual.

También parece que el transporte público va a perder clientela a favor de la bici y el coche particular. Cómo trabajar y estudiar desde casa comunicándonos a distancia, otra de las consecuencias inevitables que se antojaban impensables en tiempos normales y parecen que serán lo normal en tiempos inauditos. La disminuida contaminación regresará de nuevo, pero el cambio climático parece olvidado, un tremendo error que no nos podemos permitir.

A pesar de que mejorar la Sanidad mejoraría mucho las situaciones de emergencia y tratamientos, no parece una prioridad esperada. Tampoco nuestro modelo alimentario parece cuestionado en un futuro inmediato. Sí veremos cómo se rediseñan y se imponen nuevas normas en los espacios de trabajo, restaurantes, grandes superficies o lugares de culto que tendrán que adaptarse a la nueva normalidad.

Pero quizás lo más importante será la responsabilidad individual. Ya tenemos un plan y todos tenemos muchas ganas de volver a nuestra vida de antes, pero hemos visto que los gili-sapiens abundan. Y no será fácil que todos respetemos la distancia de seguridad, nos lavemos las manos asiduamente o nos quedemos en casa cuando aparezca el menor síntoma o algún familiar se contagie. Este es sin duda el principal peligro para tropezar otra vez con la misma piedra y reiniciar el jodido proceso. Mientras tanto, continuaremos esperando las anunciadas vacunas, con los dedos cruzados para que el dichoso virus no mute a peor y nos complique más nuestra maltrecha existencia y, sobre todo, valorando lo que teníamos.